El papel de la mujer casta en el Libro de las claras e virtuosas mugeres

Skye Mata

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Una de las figuras más poderosas en España durante el siglo XV es Álvaro de Luna que se abre paso hasta lo más alto de la escena política y permanece como mano derecha del rey Juan II durante más de treinta años. Sin embargo, durante una época caracterizada por conflictos políticos extremos, competencia e inestabilidad entre los nobles y reyes, Luna finalmente pierde el favor de Juan II, y es decapitado en 1453 bajo las órdenes del mismo rey que lo había protegido y elevado durante tantos años. Antes de su muerte, compila casi 120 autobiografías femeninas del mundo antiguo, centrándose específicamente en sus virtudes y ofreciendo una perspectiva “femenista” que fue única en su tiempo. Aunque el Libro de las claras e virtuosas mugeres se centra en una amplia gama de virtudes, la castidad representa un tema recurrente a lo largo de la obra. En este breve ensayo, me enfoco en cómo esta virtud se manifiesta en una variedad de mujeres y cómo tiene una importancia personal para Álvaro de Luna, dada su experiencia como figura política prominente.

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En su libro, la virtud de la castidad se manifiesta de diferentes maneras. En la primera sección, que se centra en las mujeres bíblicas, Luna incluye la castidad de una mujer viuda llamada Judith. Decidida a salvar su ciudad –Judea– de ser tomada y demolida por Holofernes, Judith se sacrifica en una escena de valentía y autocontrol. Ella lo seduce, de modo que en la noche de su ataque planeado, Holofernes se emborracha y es decapitado por Judith, que se niega a ceder a su tentación. Luna relata que ella “perseveraba en la oración, pidiendo a Dios la liberación de su ciudad y pueblo, y siempre guardó su castidad con gran prudencia y honestidad” (Luna 7). Es evidente que, en esta historia, ella usa su belleza y feminidad como una herramienta, y no con fines lujuriosos o egoístas. Judith también se mantiene leal a su esposo, a pesar de ser viuda, lo que representa un contraste evidente entre ella y otras mujeres de su tiempo, que se deshonran a sí mismas y a sus esposos.

Lucrecia, que aparece en la segunda sección, mujeres del mundo clásico, también representa la castidad. A diferencia de Judith, la virtud de la castidad para ella es una cuestión de honor y reputación, no una herramienta. Como mujer fiel y casada, Lucrecia está devastada y emocionalmente angustiada después de ser amenazada violentamente para tener relaciones sexuales con un hombre llamado Sesto Tarquino. Ella admite la verdad a su padre y a su marido, quienes insisten en que no es su culpa, asegurando a Lucrecia que “el pecado estaba en la voluntad y no en el cuerpo, y que donde no hay consentimiento, no hay culpa” (Luna 13). Sin embargo, ella se suicida poco después, siendo incapaz de vivir consigo misma sin su honor y castidad. En esta historia, el suicidio de Lucrecia no es una sumisión a su violador, sino un acto poderoso e irreversible que muestra su compromiso con su pureza. A pesar de que su cuerpo físico fue violado, su alma permanece intacta.

De igual modo, la reina Dido, también de la segunda sección del libro, encarna la virtud de la castidad debido a su negativa a volver a casarse después de la muerte de su esposo. A pesar de la presión política y social para volver a casarse después de enviudar, la reina Dido se niega a ceder al sexo. Un hombre amenaza con declarar la guerra a su amada ciudad si no le da su mano en matrimonio, pero Dido lo rechaza. Luna explica que ella “subió entonces a la torre más alta de la ciudad, encendió allí una gran hoguera diciendo que iba a ofrecer un sacrificio por el alma de su esposo… [ella] sacó un cuchillo que había ocultado entre sus ropa” (Luna 16). Aunque la reina Dido es similar a Lucrecia en los aspectos del suicidio y la castidad, las dos mujeres difieren en su razonamiento. Mientras que el suicidio de Lucrecia representa un compromiso con su honor y reputación como una mujer casta, el suicidio de Dido representa un compromiso con su esposo. Esto demuestra que la castidad no significa necesariamente una abstinencia completa del sexo, sino más una abstinencia del sexo con cualquier persona que no sea un marido.

Es verdad que el libro de Álvaro de Luna defiende a la mujer en una época de la historia en el que éstas desempeñaban un papel subordinado en la sociedad. Durante el período medieval, las mujeres se definían a través de sus relaciones con los hombres. Esto aparece claramente en la escritura de Luna, donde cada historia comienza con una caracterización como esposa, viuda, hija o monja. Más específicamente, el matrimonio era visto como el punto culminante de toda mujer, y se esperaba que tuvieran una moral débil y se entregarán a la tentación. Sin embargo, Álvaro de Luna ilustra a mujeres con una moral muy fuerte, muchas de las cuales preferirían morir antes que ser representadas como impuras.

Su escritura puede ser vista como una respuesta a la literatura misógina de su tiempo, ya que destaca valores como la fidelidad, el coraje, la fe y la sabiduría –pero debido a su declive político, y el hecho de que el libro fue escrito cuando Luna ya estaba perdiendo el favor de Juan II, también puede leerse como una defensa política de su propio carácter. Además, desde mi perspectiva, podría estar tratando de enfatizar la virtud de la castidad como instrumento político. Debido a las monarquías complicadas de Pedro I y Enrique II durante esta época, Luna es testigo de primera mano de la importancia de un linaje “limpio” con respeto a la herencia y la sucesión. Por lo tanto, la castidad dentro de un matrimonio produce una descendencia legítima, que puede mantener la corona en manos de una misma familia durante muchas generaciones, aumentando la estabilidad política. En última instancia, sin importar cuál fuera el motivo de Álvaro de Luna para su Libro de las claras e virtuosas mugeres, demostró ser un autor notable de su tiempo gracias a su rara perspectiva sobre las mujeres, así como su capacidad para formar una intersección entre género, política y literatura.